Este domingo fue especial, no porque pasara algo extraordinario, no porque no existiera el lunes, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, pensé: *ojalá no se acabe*.
Y no era huida del trabajo. Era plenitud.
Meditación por la mañana, probar instrumentos con mi marido y sentir cómo la vibración mueve la energía, observar cómo los chakras responden cuando la frecuencia es la adecuada, hacer por primera vez incienso casero, grabar meditaciones, avanzar en el curso de “Encuentra tu propósito”...
Y mientras hacía todo eso, me di cuenta de algo muy simple: no estaba intentando ser nadie, no estaba construyendo nada hacia fuera, no estaba pensando en resultados... Estaba encarnando lo que soy.
Y ahí entendí algo que me tocó profundamente:
la felicidad no es hacer muchas cosas,
es hacer las cosas que están alineadas con quien eres.
Ese estado en el que no miras el reloj.
En el que el cansancio no pesa igual.
En el que no necesitas validación porque ya te sientes completo mientras lo haces.
Hace poco mi amiga Julia —que ha descubierto que su propósito es rescatar del olvido a mujeres célebres en su proyecto *No la olvides*— me decía algo precioso. Que publicar sobre esas mujeres es su momento feliz del día. Que lo hace aunque esté agotada después de trabajar, porque cuando se pone a ello se siente completa.
Y ahí está la clave.
El propósito no siempre empieza siendo tu trabajo, a veces empieza siendo ese momento del día en el que te sientes tú.
Quizá no se trata de dejarlo todo mañana, quizá se trata de empezar a identificar eso que, cuando lo haces, te sientes en paz, y cuidarlo y darle espacio y no tratarlo como algo secundario.
Porque cuando encarnas lo que eres, aunque sea por unas horas, te recuerdas completo.
Y desde ahí, todo cambia...
Con amor y alas,
Pili con Alas

*Martes con alas: tu recordatorio semanal de volver a ti.*