Hace un par de semanas os conté algo que me había removido mucho. Sentía que mi maestro, una persona muy importante en mi camino, me hacía pequeña. No porque me dijese nada directamente, sino por cómo yo interpretaba algunas situaciones y, sin darme cuenta, empecé a construir dentro de mí una historia que me hacía sufrir.
Pero la vida volvió a ponerme el mismo problema delante (siempre lo hace hasta que aprendes la lección y la lección no era dejarlo pasar). Y por "H" o por "b" me tocó ser sincera con él y decirle cómo me sentía.
Si os soy sincera pretendía ponerle punto y final porque me daba mucha pereza seguir removiendo el tema, pero él no quiso dejarlo ahí: “Creo que nos merecemos una conversación con el corazón abierto.”
Y qué razón tenía y qué pocas ganas tenía yo.
Y nos pusimos a hablar. Sin reproches, sin defensas, simplemente desde la honestidad. Y en esa conversación descubrí algo que me dejó descolocada: nada de lo que yo había pensado era real. Nada.
Había pasado mucho tiempo sufriendo por una historia que solo existía en mi cabeza, y, como bien me dijo, si hubiéramos tenido esa conversación desde el principio, todo habría sido distinto.
Pero también entendí por qué no había ocurrido antes: porque abrir el corazón da miedo, porque pensé que le daría igual escucharlo, porque me dio miedo que se riese, porque decir lo que sentimos nos hace vulnerables... Y sin embargo, experimenté en mi propia piel lo que él me habia comentado: nadie rechaza una conversación de corazón a corazón cuando está hecha desde el cariño y la verdad.
Al final muchas veces el problema no es lo que ocurre, sino las historias que construimos sobre lo que ocurre. Nos quedamos en nuestra versión, la damos por cierta y desde ahí reaccionamos.
Por eso hoy me quedo con este aprendizaje: cuando algo nos duele, cuando algo nos toca o nos incomoda, quizá lo más valiente no sea alejarnos ni reaccionar rápido. Quizá lo más valiente sea sentarnos, mirarnos dentro, ver qué sombra hay que te haga reaccionar, que te duele, y desde ahí, desde la honestidad, abrir el corazón y hablar.
Hablar de verdad.
Hablar con cariño.
Hablar desde lo que sentimos.
Porque una conversación así puede cambiarlo todo.
Y me gustaría acabar con una frase del embajador de la Paz Prem Rawat que me tocó mucho el corazón: "Hay un cementerio donde yacen momentos asesinados, momentos perdidos en la inconciencia... has de poner fin a esta guerra tambien (la que hay en tí), porque aquella guerra (la externa), es un reflejo de la interna"
Construir la paz depende, directamente, de mantener estas conversaciones, de hacer que impere el amor y la paz en nuestras vidas, en nuestro corazón. Todo lo demás, será una consecuencia.
Con amor y alas,
Pili con Alas

Martes con alas: tu recordatorio semanal de volver a ti.