Hoy te escribo desde un lugar muy adentro. De esos rincones que no siempre enseñamos porque implican mirar de frente a nuestras propias sombras y, sobre todo, a nuestros propios autoengaños.
Llevo días dándole vueltas a una idea que me atraviesa por completo. Toda mi vida —y cuando digo toda, es toda— he creído que mi papel en el mundo era ser la niña buena. La que sonríe, la que no se enfada, la que suaviza las tensiones, la que sostiene el espacio para los demás sin que se note el peso. Nos programan así, ¿sabes? Nos enseñan que la espiritualidad, la evolución o simplemente el "ser buena persona" consiste en ser como un río tranquilo: maleable, adaptable, capaz de moldearse a cualquier recipiente que nos pongan delante con tal de no incomodar.
Y sí, he aprendido a fluir. He aprendido a adaptarme a las circunstancias y a abrazar esa parte de mí. Pero esta semana, en un espacio de absoluta intimidad conmigo misma, me ha estallado una verdad en la cara: nos estamos quedando solo con la mitad de la historia.
Por miedo a molestar, por no romper la armonía de los de fuera, pasamos la vida escondiendo nuestras olas cortantes y espumosas. Guardamos bajo llave el mar embravecido que también somos, como si esa fuerza fuera un defecto, algo peligroso de lo que avergonzarse o algo que ocultar para que los demás sigan cómodos. Nos tragamos el rugido para que el resto escuche solo el susurro de la orilla.
Y hoy necesito decirte algo que me estoy repitiendo a mí misma frente al espejo: si ser un mar en calma te cuesta callarte, si te cuesta dejar de ser tú para no molestar a nadie, entonces ese mar no vale nada. Esa calma es mentira. No es paz; es una jaula flotante donde te estás ahogando tú para que los demás no se mojen los pies.
A veces, la verdadera medicina no está en la templanza. A veces, la única forma de volver a ti es ser una mar brava.
Mostrar tu esencia por completo, con todo su oleaje, su espuma y su profundidad, cueste lo que cueste. Y esto no tiene absolutamente nada que ver con hacer daño, ni con atacar, ni con romper desde el ego. Se puede ser un mar embravecido desde el amor más profundo y el respeto más sagrado hacia una misma. Se trata de plantarte en tu verdad con una fuerza tan incontestable que el entorno no tenga más remedio que respetarte.
El agua bendice, sí, pero también limpia y arrasa con lo que ya no tiene derecho a estar ahí. No vinimos a ser un estanque estancado y complaciente. Vinimos a ser el océano entero. Con su calma, pero también con toda su indomable y bellísima tormenta.
Mírate hoy dentro. ¿Qué aguas estás conteniendo por miedo a hacer ruido?
Con amor y alas, Pili con Alas.
El recordatorio semanal de volver a ti.